No cabe duda que el periodismo, por encima de cualquier otra profesión, enfrenta en la actualidad uno de sus mayores desafíos: ser un oficio independiente de los poderes económicos y políticos (como lo fue antaño) o ser simplemente un brazo ejecutor de políticas distractoras y manipuladoras de la realidad en favor de quienes ostentan el poder.
Para nadie es un secreto que el periodismo ejerce una gran influencia en la sociedad. Buena o mala influencia, hay que añadir. Por eso, desde tiempos antiguos siempre se ha querido manipular al llamado Cuarto Poder. En nuestros tiempos, pienso yo, la cosa está peor. Pues ahora, desde que los grupos empresariales se han hecho dueños de los medios de comunicación, la libertad de expresión está subyugada a la ‘conveniencia empresarial’. El periodista es, al fin y al cabo, un empleado más de las grandes corporaciones. Y, como tal, obedece a las consignas del mercado: vender, hacer rentable el negocio, tener la mayor cantidad de clientes (entiéndase esto como anunciantes) posibles.






